¿Y si Agamenón hubiese decidido dejar vivir a su hija Ifigenia, en vez de sacrificarla?

Agamenón salió de Micenas como rey poderoso decidido a someter a los troyanos. Tenía el apoyo de sus compatriotas griegos, pero su posesión estaba subordinada a su capacidad de sacrifico, como descubrió muy pronto. Ante la disyuntiva de sacrificar a su hija para lograr los vientos, el rey se plantea un “y si” que marcaría su vida por completo:

<<Es mi responsabilidad, se dice a si mismo Agamenón, porque he sido yo el causante de la ofensa a Artemisa. ¿Pero acaso los dioses son justos que deciden castigar a mi hija en vez de a mí? Dura es la carga del gobernante si debe sacrificar a su progenie por el bien de su pueblo. A quien más se le da, más se le exige. El deber es una montaña sobre los hombres, y la muerte más ligera que una pluma.

Más ligera seria la muerte para mí que la decisión que se me plantea. Crueles dioses, estoy ante una encrucijada que no tiene solución aparente. Si mato a mi hija para salvaguardar a mi pueblo, me pierdo yo y mi honor, y por extensión mancho mi casa y me hago indigno de mi nombre y de mi posición. Pues es acaso un hombre digno de ser llamado rey si ha matado a su propia estirpe. Es demasiada la mancha en la conciencia, que no me permitirá juzgar y gobernar a mis semejantes. Quien quiere a un asesino como su superior.

Alguno a mi alrededor, con labios de miel, dirá que el sacrificio de uno es precio pasable por la salvación de todos. Pero, oh dioses, este es el mayor engaño de todos los tiempos. Cuando dejamos que el fin justifique los medios, perdemos los medios y envenenamos el fin, en definitiva lo perdemos todo.

Otros dirán que si puedo ajusticiar a asesinos por el bien de la sociedad, bien puedo sacrificar a mi hija por ese mismo bien. Un argumento razonado, pero tiene un gran fallo. ¿Es acaso ella la culpable de algún crimen, ha desatado esta tormenta sobre nosotros? ¿Cargaremos el precio de nuestros pecados en la carne del inocente?

Realmente esto es arbitrariedad de los dioses, de los crueles dioses. ¡Malditos sean los dioses, y me perdonen por esta blasfemia! Dejamos que nos controlen, que dicten nuestro destino. Destino, destino… Esa palabra ha desatado más desgracias y plagas en nuestra tierra que lo que podría acontecer si todo el Hades saliera de las profundidades y nos invadiera. Sabed que para mí, en mi interior, en lo más profundo, sé que no hay destino. Y si lo hay, no lo acepto. No lo acepto. Ya pueden los dioses castigarme con los suplicios de Sísifo, de Prometeo, de tantos condenados. Este es el desafío del hombre que se niega a ser un títere en manos de los dioses.

Lo he dicho, y dicho queda, que la ira de los dioses caiga sobre mí. Pero, no queriendo ofender a estos devotos hombres, debo exponer mi argumento desde otro punto de vista.

¿Digámoslo así, donde está el límite entre el deber colectivo y el deber individual? ¿Es más, hay un límite? Mi deber con los dioses y con los hombres es proteger a mi hija. Maldito por todas las generaciones me llamaran si sacrifico a mi hija. Un deber tengo con mi pueblo, pero más grande es el deber conmigo mismo. En cualquier caso moriré, y moriré mereciéndolo, pero mejor morir como un hombre, un hombre que paga en precio de su vida su honor.

Aceptaré mi castigo, y mi hija vivirá, pues soy padre antes que rey. Soy esposo antes que rey.

Llamado a todos, Agamenón ya no será rey nunca más. El sacrificio me llama, los dioses y los hombres son testigos, me ofrezco por mi hija y por mi pueblo, y nadie podrá llamarme egoísta, porque antes que la sangre de otros, ofrezco la mía. Y si los dioses no la aceptan, malditos sean.

Así habló Agamenón, y los dioses lo escucharon, pero no aceptaron su sacrificio.

Este fue su castigo por su osadía, ser expulsado del ejército, de su rango, de su estatus, de toda su vida.

Sus criados más cercanos junto con Ifigenia regresaron junto a Micenas, junto a su esposa. No volvía Agamenón como rey victorioso, sino como hombre derrotado.

No perdió nunca Agamenón su dignidad, pero la desgracia sobre su casa y su linaje a causa de su traición a los aqueos fue demasiado para Clitemnestra, que no pudiendo aguantar la vergüenza del sacrificio de su marido, hablo así:

<<Aquí regresas, querido esposo, pero no como regresan los reyes, sino como regresan los plebeyos. En mi interior una tormenta me destroza. Que hacer, reír o llorar, alegrarme o sentir tristeza. Has devuelto a mi hija sana y salva a mi seno. Oh, pero a qué precio, gran Agamenón. Al precio no solo de tu vida, sino de la todos nosotros y la de tu pueblo. Te proclamas digno porque has salvado a tu hija por encima de todo. Ahora te diré algo que niegas, pero que sabes que es cierto. El destino, esposo, existe y está por encima de ti y de mí. La muerte de mi hija era necesaria. No me mires escandalizada, como si fuera una mala madre por pensar así. Soy mejor gobernante, no  peor madre. Si, lo repito, Ifigenia debería haber muerto, y no te hubiera odiado menos que ahora, si acaso más. La muerte te hubiera esperado en esta casa, porque aquel que mata a su estirpe no merece más que el mismo destino. Pero debes saber que esa muerte hubiera sido la muerte de un verdadero gobernante, de un héroe.

Ahora nos has matado a todos en vida, y no siento más que desprecio por aquel que desprecia su posición y su deber por una moral egoísta. Que los dioses nos libren pronto de ti, para que la ofensa que ha caído sobre esta casa sea lavada pronto con tu sangre.>>

Ante este discurso, Agamenón reconoce que el pago por la vida de Ifigenia ha sido caro, pero más caro es vivir con el peso de la conciencia. La muerte es más liviana que una pluma, el deber más pesado que una montaña. Y pensó este, que pensará Ifigenia si pudiera dar su opinión…

Así pensaba Ifigenia:

<<Triste destino el mío, que ando en medio de la encrucijada. ¿Quién tiene razón, mi madre o mi padre? Loca yo si dijera mi madre, porque supondría mi muerte, pero aún más loca si defiendo a mi padre, que en su rebeldía ofende a los dioses y a los hombres. La rebeldía de un individuo frente a su destino. No es acaso esta la más bella de las cuestiones. Elegir, elegir un camino, los dos llevan a la muerte, eso lo sabe mi padre. Muerte a manos de mi madre, muerte en vida exiliado y abandonado. A este dilema no hay solución, porque cualquier respuesta es válida. La verdadera libertad del hombre se mide en su capacidad de sacrificio. Este problema es la misma moneda, y diferentes caras. Sacrificar su conciencia, o su vida. ¿O no son acaso lo mismo? Yo por mi parte no he de morir, viviré, para dar testimonio de la trágica libertad que acompaña la vida de los hombres. >>

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